Resultaba sospechoso que, poco después
de anunciar que aspira a modificar la
legislación de parques para regar veneno
en ellos, el Gobierno convocase a la
presentación de un estudio sobre efectos
del glifosato en seres humanos y el
medio ambiente. La sospecha se espesó al
conocerse que la entidad encargada del
estudio era la Comisión Interamericana
para el Control del Abuso de Drogas (CICAD)
de la OEA. Más sospechoso aún fue
observar que el acto estaba presidido
por los ministros de Gobierno y
Relaciones Exteriores, con conspicua
ausencia del ministerio de Medio
Ambiente, al menos en el boletín
oficial.
Al final, el gozoso evento confirmó lo
cantado: que se trata de un trampolín
para llegar adonde quieren llevarnos la
embajada de Estados Unidos y el gobierno
colombiano: la aspersión de veneno en
parques nacionales. El estudio (ver
ciberpágina de CICAD) señala que el
glifosato no ofrece peligro para la
salud ni el entorno ambiental. Tras
minimizar sus consecuencias, advierte
que los riesgos del glifosato son, de
todos modos, inferiores a “la
deforestación, el uso sin control y sin
vigilancia de otros plaguicidas”
empleados para producir coca y amapola.
El pronunciamiento resulta
controvertible, por decir lo menos.
Abundan otros estudios que sostienen
tesis contrarias. Cualquiera puede
averiguarlo. Si busca glyphosate en
Google hallará 347.000 menciones de esta
tema; si escribe glifosato descubrirá
53.600. Allí reposan documentos de
universidades y entidades que señalan
los peligros de esta sustancia para el
medio ambiente. No entraré en detalles
por falta de espacio, pero algunas
investigaciones señalan que “es
preocupante el uso extensivo de
glifosato en programas para erradicar
coca, opio y marihuana” (Action Network);
que es perjudicial para plantas,
roedores, organismos acuáticos y aves (American
Bird Conservancy); que en bosques
tratados con glifosato ha decrecido en
un tercio la población de pájaros (National
Toxic Network); que “la aspersión aérea
de este herbicida como parte del Plan
Colombia de erradicación de droga
plantea muchas inquietudes sobre daños
irreversibles a la salud, la vida
silvestre y el ecosistema” (World
Wildlife Fund); que “el glifosato
deteriora o reduce la población de
muchos animales, incluyendo insectos
benéficos, peces, pájaros y lombrices” (Going
Native, California); que “para sustentar
las bondades del glifosato se refiere su
baja toxicidad para la salud humana,
pero se omite aclarar que la toxicidad
crónica no se puede catalogar de igual
forma” (Foro sobre plaguicidas, U. de
Antioquia); que en Australia está
prohibido aplicarlo cerca del agua por
sus efectos letales en batracios y
anfibios (Pesticide News); que “existen
sólidas pruebas de investigadores
independientes que demuestran que el
glofosato es un peligroso químico” (Buffin
y Jewell)…
En fin, hay que dar muchas vueltas y
aterrizar en páginas de los fabricantes
de plaguicidas para encontrar literatura
tan benévola como la que nos regaló el
estudio de la CICAD. Casi nos receta el
glifosato bien helado para calmar la
sed.
No quiero restar autoridad a los cinco
científicos internacionales que
participaron en el estudio, pero temo
que al menos algunos de ellos nunca
supieron bien para qué ni para quién
estaban trabajando. La CICAD no es un
organismo científico sino de policía,
poderosamente influido por Washington, y
su interés no es proteger la ecología
sino acabar con la droga. Por otra
parte, los profesores no estaban al
tanto del contexto político de su
decisión. Opinaron sobre las muestras
tomadas en puntos del país fumigados con
glifosato, y no tenían por qué saber que
su posición podría usarse para sugerir
que este veneno es como un caramelo para
los ecosistemas. El glifosato servirá de
agua bendita para rebautizar nuestros
parques, y ellos oficiarán ingenuamente
de padrinos.
Hablé en Madrid con Arturo Anadón,
miembro del equipo armado por CICAD y
director de toxicología de la
Universidad Complutense. Aunque el
profesor avaló los términos del informe
e incluso del boletín de prensa, se
mostró inquieto por el hecho de que sus
conclusiones pudieran extrapolarse o
servir para decisiones políticas no
consideradas en el documento. Aclaró que
el equipo realizó un análisis químico de
muestras específicas en dosis
determinadas, pero que estudios más
amplios necesitan más tiempo y trabajo.
Las conclusiones consideran menos graves
los efectos del glifosato que los de
otros pesticidas usados en productos
ilícitos, pero nadie les pidió evaluar
la erradicación manual (único sistema
que admite Perú, y que ha funcionado
exitosamente) por no ser un
procedimiento químico. En otras
palabras, solo les pedían escoger entre
dos males. Anadón piensa que “la
erradicación manual es la ideal” y sería
“la más ortodoxa” en este caso.
No conviene, pues, comulgar con ruedas
de molino amasadas por quienes pretenden
contaminar los parques nacionales como
fórmula para reducir la producción de
coca y amapola. Mientras existan mejores
soluciones, como la erradicación manual,
regar veneno en los parques nacionales
es un crimen, aunque venga adornado por
informes y solemnes actos oficiales.
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